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Del día de la raza y el ser del mexicano


El 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana avistó tierra después de navegar más de dos meses con Cristóbal Colón; en conmemoración a este hecho histórico se celebra en esa fecha el llamado ¨día de la raza¨.
Tiene algunos años que, más allá de ser una fiesta por el descubrimiento de América, se ha convertido en un pretexto para protestar contra la conquista consecuencia de esto y reiterar agravios, reales o imaginarios, contra la población nativa y reivindicar movimientos indígenas.
El de este año pasó por completo desapercibido para las autoridades y la población en general. Es como si en estos tiempos no tuviéramos claro si hay razones reales para festinar el resultado de la llegada de los europeos al nuevo continente o, si por el contrario, deberíamos lamentarlo y entenderlo como una destrucción terrible de una gran cultura.
Si bien es cierto que el imperio azteca era muy grande, con comercio intenso y una casta sacerdotal y gobernante preparada con esmero, también lo es el alto grado de violencia por el cual imponían por la fuerza tributo y control sobre los otros pueblos. Los sacrificios rituales y el valor de la vida como moneda de cambio eran una forma normal de manifestar su cosmovisión.
Cuando Tezcatlipoca, el dios de dioses azteca, embriaga a Quetzalcóatl y abandona la ciudad de Tula avergonzado por su comportamiento se abre paso para la predominancia de Huitzilopochtli, el dios de la guerra, el que se alimenta de sangre; se impone, ideológicamente, la barbarie, sobre la ciencia y el arte.
Los aztecas adoraban guerrear y el tributo a su dios se pagaba con la sangre de los vencidos. La ausencia del Quetzalcoatl dador del maíz, ligado a los vientos y la lluvia, impidió el florecimiento de una cultura con un componente de desarrollo mayor en el arte, la escritura y la tecnología.
En tanto los aztecas tenían armas de piedra, petos de algodón y luchaban casi desnudos, los españoles dominaban los metales, la pólvora y guerreaban con brillantes armaduras de material sólido.
 Sólo fue cuestión de tiempo la caída de la gran Tenochtitlán y, por lo tanto, del imperio azteca. Una cultura avasalló y destruyó a la otra merced a su superioridad militar, política y tecnológica.
Los dioses de la guerra y el tributo de sangre dieron paso al dios cristiano de la cruz y sus 12 mandamientos. Paradójicamente, a fuerza de muerte y destrucción se empezó a predicar amor por el semejante y sufrimiento en la tierra para gozo y salvación eterna en el cielo.
De los aztecas, el valor sin límite y de los españoles la perseverancia y audacia para conseguir lo propuesto fueron la base de un mestizaje del que hoy hemos resultado los mexicanos actuales.
Somos el fruto de las acciones de los vencedores, no de los vencidos.
Amado Nervo escribió en 1902, en honor a Benito Juárez, un poema titulado ¨La raza de bronce¨,
 ¨ Señor, deja que diga la gloria de tu raza, la gloria de los hombres de bronce...¨ son las primeras palabras de su elegía, donde describe un encuentro entre sueños de cuatro grandes pilares de esa nueva raza, Nezahualcóyotl, Ilhuicamina, Cuauhtémoc y Benito Juárez, como ¨...los gigantes de una raza magnífica de bronces..¨. así como la aleación del cobre y el estaño dan origen al bronce, de la mezcla cultural emerge una nueva civilización, más rica y con mayor potencial que las anteriores.
La raza cósmica planteada por Vasconcelos ya estaba aquí, cuando el sueña con la ¨quinta raza¨ y la expresa como una mezcla de las de todo el mundo, sólo se adelantó a su tiempo: en 2007,  el Instituto Nacional de Medicina Genómica concluyó que los genes de la población mexicana son el resultado de una mezcla de 35 grupos étnicos, de características únicas y llamado ¨amerindio¨.
Sí, si hay mucho que celebrar, poco que lamentar y mucho, mucho más por trabajar y reconocernos con un potencial mayor.
Insisto, somos resultado de las acciones de los vencedores, no de los vencidos y, en ese entendimiento, tenemos que encontrar la fortaleza para construir el México que queremos tener.

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